Relato: La luz del ICE.


Su conciencia, como la de todos los demás, emergió de la nada muy cerca de la superficie del Sol. Tan cerca que ningún instrumento creado por el hombre sería capaz de indicarlo. El fotón era, en ese momento, algo diferente de lo que había sido hasta entonces y se esforzaba por controlar la velocidad y la estabilidad de su vuelo. Sus compañeros le animaban a decidirse pronto ya que su viaje hacia la Tierra tan solo duraría 8 minutos y en ese intervalo de tiempo, mucho mayor para una partícula infinitesimal que para un ser humano, tenía que escoger cuál sería su destino dentro de la porción de la superficie terrestre que el sol alumbraba en aquellos momentos.

Algunos de los fotones más cercanos le indicaron que los espacios verdes terrestres donde la flora y la fauna aún predominaban eran lugares muy deseables; otros le decían que las grandes construcciones humanas como la Gran Muralla China, el Coliseum en Roma o cualquiera de las bellísimas localidades costeras del Mediterráneo que no habían sucumbido ante las ansias especuladoras del turismo eran lugares idóneos para el disfrute de un fotón. Aún así algunos de sus compañeros más cercanos le comentaron que se dirigiera a la ciudad de Barcelona, y más concretamente al Campus Nord de la UPC, donde, en el edificio principal de servicios existía una sección, conocida como el Ice, en la cual la vida, el ambiente y la luz destacaban por sí mismas.

Nuestro solitario fotón, si es que se puede ser un fotón solitario en un haz de luz integrado por billones o trillones de sus iguales, no acostumbraba, desde que era consciente de su existencia, a complicarse demasiado a la hora de tomar sus propias decisiones y optó, casi sin dudarlo, por el camino que le llevaba hacia ese Instituto del que tanto había oído hablar en las últimas milésimas de segundo.

Se acercaba cada vez a mayor velocidad, o eso era lo que él pensaba, ya que un observador externo no podría establecer, con seguridad, la realidad de su movimiento. Lo primero que pudo observar es el litoral del territorio que algunos de los que viajaban cerca de él llamaban Cataluña. A una velocidad fotónica él y sus millones o billones de compañeros se acercaban a la capital de aquel territorio, a su campus universitario, y más concretamente a un edificio de tonalidad rojiza que dominaba todo el lugar. Desde lo alto pudieron observar como el recinto, de formas geométricas, comenzaba a estar poblado, a esas horas de la mañana, por una multitud de personas. Nuestro fotón acabó dirigiéndose hacía las ventanas transparentes situadas encima del bar del edificio y se introdujo en la sala del ICE tras superar, sin demasiado esfuerzo, la oposición del cristal, y vio sorprendido como muchos de sus compañeros eran rechazados por esta barrera transparente. Lo siguiente que hizo fue alzarse hasta el techo de la estancia y contemplar el espacio que limitaban las cuatro paredes. Observó que era cierto que la luz en aquel lugar, la conformada por él mismo, sus compañeros y por el pulso vital de las personas que trabajaban allí era especial. Decidió, seguidamente, observar en el breve tiempo que le quedaba la existencia de las personas que habitaban aquel espacio.

En la primera que se fijó fue en Mercé. No sabía cómo pero nuestro fotón conocía los nombres de aquellas formas de vida basadas en el carbón aunque, según creía, no las había visto anteriormente. Mercé parecía muy ocupada respondiendo a la miríada de mensajes almacenados en la bandeja de entrada de su cuenta de correo electrónico. De tanto en tanto se levantaba para ir a buscar el correo postal que otra persona (desconocida para nuestro fotón) dejaba en el mueble cercano a la puerta principal de la sala. En ese trayecto aprovechaba para charlar de vez en cuando con alguien. Su luz era disciplinada y cabal.

A su lado se sentaba cada mañana Felisa, la persona que gestionaba la parte económica del instituto. ¡Muy bien y muy correctamente, por cierto! Felisa era una mujer seria y serena y solo muy de tanto en tanto su alma ordenada y juvenil estallaba en una sacudida grácil y se comunicaba alegremente con las demás. En esos escasos momentos su cara tan solo se modificaba por la aparición de una amplia sonrisa que se apoderaba de ella o se desvanecía según la seriedad o la comicidad del asunto que se estuviera tratando. Felisa era la propietaria de una mirada escrupulosa y concienzuda, de aquellas que te hacen dudar hasta descubrir el objetivo verdadero de su intención. Era, además, un hueso duro de roer en lo que respecta a la tramitación y el cobro de las facturas y recibos que llegaban a sus manos. Cuando decía que no era NO. Y solo el aterrador y desalmado requerimiento del rector podía hacerla cambiar de parecer. Felisa desprendía una luz formal, sensata y confortable.

A su izquierda trabaja Mireia, seguramente la incorporación más reciente del Ice. Su campo de administración está ligado a los formadores, personajes despistados e indolentes como lo son las personas que enfocan la mayor parte de sus facultades a tareas que se elevan más allá del quehacer diario. Seres extraños que deambulan, a veces grotescamente, por los enormes y apagados pasillos de la institución y que poseen una responsabilidad con el presente y con el futuro que muchas veces los supera. Mireia, pensó el fotón, poseía una alma receptora. Casi nunca tenía un no para los demás, si no era para responder a una solicitud de sus compañeras que no tuviera del todo controlada. Lo que los otros decían ya le estaba bien siempre que no chocara directamente con lo que ella defendía en su ser más profundo. No se la oía demasiado a lo largo del día ya que su trabajo “de hormiguita” la ocupaba a lo largo de la jornada laboral y solo le permitía, de tanto en tanto, poder opinar sobre los temas que se trataban en la sala. Tenía, sin embargo, la mala costumbre de pasar documentos y listas fuera de horario, hecho que normalmente afectaba negativamente a la rutina laboral de sus compañeros. Mireia amaba, además, a su familia por encima de todo y poseía una luz sana, maternal y conmensurable.

Cerca de ella trabajaba Montserrat, a la que todos conocían como Montse. Ella era posiblemente la persona más diferente de todas las que trabajaban en la secretaría del Instituto. Era una mujer de temperamento, el cual era herido, casi a diario, incluso por asuntos de carácter superficial. Montse no se dejaba llevar por las solicitudes y los comentarios de los demás. Siempre se enfrentaba a cada una de ellos con una opinión firme y militarizada, en la que no tenía cabida, las más de las veces, lo políticamente correcto y ni falta que hacía. Era una mujer hecha a sí misma que no dudaba un segundo en defender aquello que creía correcto (aunque algunas veces un observador externo podría considerar que no lo era tanto). No obstante Montse no dudaba nunca en solicitar la atención personal de un responsable siempre que sintiera minusvalorado sus derechos como mujer, ciudadana, consumidora, o persona en general, hecho que daba a su carácter un perfil metálico y afilado que la distinguía de las demás. Uno de los tesoros más preciados de Montse era su perro Jan, un ser endiablado y juguetón que le proporcionaba a ella y a su familia una gran felicidad. Montse poseía una luz dura y cortante a la que se sumaba, las más de las veces, un componente dulce (a la vista de un observador externo, claro está).

A su lado y junto a ella trabajaba Mari Carmen, posiblemente la compañera con más experiencia de la sala. Ella se ocupaba, junto con Montse, de la atención al público, ya fuera éste físico o telemático. Su amplia memoria atesoraba una gran cantidad de información y de anécdotas sobre la sección, lo que la convertía en una especie de enciclopedia Iceática, en la cual constaban nombres, direcciones, puestos de trabajo, personas, cursos, formadores, alumnos… algo que a un observador externo le hubiera parecido gigantescamente enorme. Pero Mari Carmen poseía una vida personal si cabe mayor y más activa fuera del Ice que dentro de él que incluía una gran variedad de eventos culturales en los que predominaba ampliamente el teatro. No se perdía ni un solo estreno ya que entre su marido y ella se las apañaban para asistir a la mayoría de representaciones normalmente con algún tipo de descuento. Internet era una herramienta dominada por ellos de tal manera que más que utilizarla la sometían a sus intereses y deseos. Mari Carmen emitía una luz estable y juvenil, alegre y tranquilizadora.

Aunque no lo he dicho hasta ahora las mesas de trabajo en el Ice estaban distribuidas en dos alas, la derecha y la izquierda. Alguna mente privilegiada había distribuido, algunos dicen que de forma épica en el origen de los tiempos, la ubicación de los puestos de trabajo de esta forma para fomentar la comunicación entre todas ellas y estimular la correcta tramitación colectiva del trabajo administrativo. De esta forma cada una de las personas que trabajasen en la sección siempre disponía de una compañera enfrente y a cada lado, lo que permitía una conexión óptima en el trabajo siempre y cuando todas las mesas estuviesen ocupadas, condición ésta que no se había dado nunca en el Ice desde que la memoria de Mari Carmen alcanzaba a recordar. Aunque esto no era ni mucho menos reprochable por ningún observador externo, ya que esta menudencia es imposible que hubiera sido tenida en cuenta por ninguna mente preclara en el origen de los tiempos, cuando la materia en sí aún no había sido creada y las tinieblas habitaban aún en la mente de cualquier ser que pretendiera existir en el futuro.

Pues bien las primeras facciones que veía cualquier persona que entraba en el Ice, según la disposición de mesas comentada, era la de Eva, a la que algunos consideraban el buque insignia de la sección. Tal y como vio el fotón instalado en la parte del techo cercana a Eva, ésta se ocultaba de forma habitual de sus compañeras de trabajo escondiéndose, o eso le parecería a un observador externo, detrás un enorme monitor que no dejaba de emitir imágenes, algunas interesantes y pertinentes y otras no tanto. Hubiera parecido pues que Eva intentaba separarse de sus compañeras, aunque una breve consideración sobre sus costumbres diarias haría desaparecer tal pretensión. Eva era una persona que vivía de cara al exterior. Lo daba todo siempre y en cualquier momento, de allí que su tono de voz fuera, las más de las veces, un poco más alto de lo normal. Uno sabía, tan solo prestando una mínima atención, qué era exactamente lo que estaba haciendo y diciendo Eva en cada momento del día. Sin embrago su afabilidad, su gran corazón (o eso pensaría un observador externo) y su frescura natural hacían que Eva fuera apreciada por todos y por todas y que su trabajo, como cara visible del Ice, estuviera muy bien considerado. Pocas instituciones se podían jactar de tener en la recepción a una persona tan salada y agradable. Eva, como no podía ser de otra forma, poseía una luz juvenil, fresca y natural aunque, pensó el fotón, con una tonalidad algo más elevada de lo normal.

Por último el fotón se fijó en un binomio, sí, un binomio laboral, por muy difícil que le pudiera parecer a un observador externo, que estaba formado por las dos últimas compañeras de trabajo del Ice, no por casualidad las dos llamadas Carme. Bueno, más concretamente una de ellas se llamaba Carme mientras que la otra prefería que la llamaran, de una forma más moderna y juvenil, Karma. Ambas trabajaban muy estrechamente y se diría que se necesitaban la una a la otra para poder desarrollar sus tareas administrativas. El fotón se dio cuenta de que la luz a su alrededor refulgía de una forma especial y propia que la distinguía de todas las demás. Ambas habían establecido una relación laboral que iba más allá del trabajo. No solo se ayudaban en sus quehaceres administrativos sino que eran, la una para la otra, una referencia en muchos otros ámbitos de carácter personal. Parecía, pues, que ambas se hubieran aliado para poder triunfar en cualquier aspecto de la vida en el que una de ellas necesitase el auxilio de la otra. Proveían, además, de dos valores muy importantes a la sección, o eso es lo que le hubiera parecido a un observador externo: la serenidad que proporciona la experiencia vivida y bien asimilada y la simpatía y el buen humor propio de unos caracteres abiertos y amables. Ambas emitían una luz candorosa, afable y repleta de buen humor.

Todo esto es lo que observó el fotón protagonista de esta historia durante los escasos segundos que sobrevoló de forma plácida y atenta la sala que daba cobijo al Ice. La naturaleza le obligaba o bien a trasladarse a cualquier otro lugar iluminado por los rayos emitidos por el sol o a transformarse, de una forma no del todo conocida por la ciencia humana, en materia. Aún así el fotón decidió desobedecer las leyes que la naturaleza imponía a los de su especie desde el inicio de los tiempos, si es que estos habían existido alguna vez, y resolvió quedarse en el Instituto. Él mejor que nadie sabía lo valiosa que era la luz vital que emitían todas y cada una de las componentes de la secretaría del Ice y que no encontraría algo parecido por muchos lugares que visitara durante el dilatado tiempo infinitesimal de su existencia.
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Escrito por: Jorge Pisa Sánchez

Relato: La leyenda del último rey godo.

La leyenda de Rodrigo, el último rey godo se sitúa en una época muy remota, mucho, incluso demasiado, cuando el mundo no se regía por las normas del conocimiento y de las ciencias, sino por las de las creencias, la fe y por la admiración hacia todo aquello que era fantástico y mágico al mismo tiempo.

Dicen que cuando este rey visigodo ascendió al trono de España, según la opinión de algunos de una forma no muy legítima, muchos prodigios y señales anunciaron grandes desgracias para el futuro del reino.

Las gentes del país habían tenido que sobrevivir a gran número de enfrentamientos y rivalidades entre las diversas facciones de los nobles de sangre goda, que no solo se disputaban el poder en la capital, Toledo, sino que sumían a las provincias en graves conflictos y desdichas.

Un día llegó a los oídos del nuevo rey la noticia de un gran prodigio que se ocultaba, desde hacia siglos, en la misma capital de su reino. Algunos de los cortesanos más viejos le habían hablado de una de las tradiciones que todo nuevo monarca debía de cumplir. Cerca de una de las iglesias más antiguas de la ciudad existía un edificio singular, no tan solo por sus extrañas formas, sino por el gran secreto que ocultaba. El recinto, al que se conocía comúnmente como La casa del Reino, tenía una planta circular y estaba rodeado por cuatro leones de bronce, situados sobre sendos pedestales. La altura del tejado era tal que se decía que no había nacido hombre aún con la fuerza necesaria para poder lanzar una piedra sobre él. La fachada de tan singular edificio reproducía toda una serie de escenas pintadas, que mostraban los hechos y gestas más importantes, no tan solo del reino de los godos, sino incluso, de los tiempos en los que los antiguos emperadores de Roma habían dominado todas las tierras que rodeaban el Mar Mediterráneo.

Pero el hecho, aquello que daba más singularidad al edificio, eran sus puertas, y la leyenda que durante tantos años las había mantenido cerradas. Desde antiguo se decía que aquel gran edificio lo había construido el propio Hércules, cuando, hacía mucho tiempo, había enseñoreado toda Hispania. El gran héroe había emprendido su construcción cierto día que, gracias a la ayuda de los dioses, había sido poseído por el poder de una revelación, que le había mostrado el futuro de su reino. Hércules, sorprendido y aterrorizado, decidiose a edificar un recinto donde poder ocultar tal presagio. Una vez construida la prisión y cerradas sus grandes puertas, forjadas con el material más duro y resistente que pudo localizar, protegió su entrada con un gran candado y ordenó que todos y cada uno de los futuros reyes de sus tierras dispusiera lo mismo que él, sumando al suyo, un nuevo candado. Desde entonces, y con el paso de los años, la población de Toledo no había hecho otra cosa que narrar y acrecentar la leyenda, imaginando los grandes tesoros que el mayor de los héroes griegos habría podido encerrar en tal recinto fortificado.

El rey Rodrigo.

Al conocer Rodrigo la leyenda de “La casa del Reino” su avidez y sus ansias por descubrir y apoderarse de lo que desde hacía tanto tiempo estaba oculto no hicieron más que aumentar día a día. Los reparos y la oposición de todos los dignatarios, consejeros e incluso amigos, no hicieron efecto en la voluntad del rey, y el día llegó en que este se dirigió al recinto para satisfacer su gran curiosidad y avaricia, sin tener en cuenta ni respetar las prescripciones que desde antiguo vetaban su entrada.

Cuando el rey llegó a las puertas del edificio encontró que estas estaban selladas por veintiséis candados, uno mayor, que se decía que era el que cerró el propio Hércules, y otros veinticinco más pequeños, uno por cada rey que había reinado en España. Rodrigo ordenó a sus hombres que abrieran con tenazas, si hacía falta, cada uno de los candados, obligándolos a hacerlo a pesar de las lágrimas que el temor les hacía brotar de sus angustiados ojos.

Una vez destruidos uno a uno todos los candados, se necesitó la fuerza de muchos animales para poder abrir las puertas, que habían estado cerradas durante épocas enteras. La oscuridad más cerrada emanó entonces del interior del edificio, envolviendo con sus frías y tenebrosas manos a todos los congregados ante ellas. Incluso el chirrido de la puerta pareciose a un grito de angustia, que el tiempo y las edades vociferaban a modo de advertencia. Aún así, el rey Rodrigo no se acobardó y acompañado de los nobles más valientes y de algunos portadores de antorchas, se introdujo en las entrañas del edificio.

La poca luz que acompañaba a los intrusos también parecía acobardada, pues parecía que no se atreviera a adentrarse demasiado en un espacio tan sagrado y prohibido. Pronto el rey pudo vislumbrar el contorno de una pequeña estancia alargada, con una inscripción escrita en griego que señoreaba en el dintel de su puerta. Tras observarla detenidamente leyeron su mensaje: “El que sea tan osado como para leer este escrito traerá desgracias sin número a los pueblos de España”. Aquella inscripción atemorizó al resto del grupo que había entrado junto al rey, e intentaron hacerle cambiar de opinión, pues que más pruebas necesitaba para reconocer la gran falta que estaba cometiendo. Sin embargo el rey no se amedrentó y obligó a los portadores a entrar en la estancia para iluminar su interior. Cuando todos estuvieron dentro se oyeron nuevos gemidos y lamentaciones y parecioles a todos que sombras de figuras humanas se revolvían alrededor de ellos e incluso intentaban asirlos por sus ropajes, a la vez que la visión se hacía cada vez más dificultosa y menos precisa.

El reino visigodo de Toledo.

La estancia estaba dominada en su centro por una arca hecha en oro decorada con las piedras más preciosas que uno pudiera haber visto antes. Los ojos del rey Rodrigo, y su vista detrás de ellos, se apoderaron rápidamente de ella y, vencido ya todo él por la codicia, ordenó al más distinguido noble que le acompañaba que abriera tan magnífica arca. Este negose a hacerlo intentando de nuevo hacer renunciar al rey de tan obstinada idea. El monarca, siendo consciente del temor de los demás, se dirigió hacia la arca, se arrodilló ante ella y la abrió. En su interior encontró varias figuras que representaban a guerreros con pendones, espadas y ballestas. Justo debajo de las figuras se encontraba un pergamino que decía de esta manera: “Cuando este paño fuere extendido y aparezcan estas figuras, hombres así armados conquistaran España y de ella serán señores”.

Una vez leído esto todos los que estaban alrededor del rey se alarmaron y atemorizaron grandemente, más aún cuando notaron que el suelo y las paredes de la estancia comenzaban a temblar. Al salir corriendo hacia el exterior la gente que se agolpaba entorno al edificio pudo observar, atemorizada, como una águila que se acercaba en vuelo desde la lejanía, lanzaba un gran tizón sobre el edificio, que pronto comenzó a arder, consumiéndose todo él en el fuego atizado por el mover de sus grandes alas.

Al momento llegó un número casi infinito de aves de todo tipo que nublaron el cielo y comenzaron a volar sobre las cenizas del gran edificio, haciéndolas desaparecer todas, con el aleteo de sus alas y haciéndolas subir hacia las nubes.

Se dice que el rey Rodrigo se arrepintió mucho de lo que su avaricia irrefrenable le había obligado a hacer. También se dice que, poco después, de que “La Casa del Reino” fuera violada, Tariq, con un pequeño ejército, desembarcaba en Gibraltar, gracias a la ayuda del conde Julián que, partidario del noble visigodo Agila, se había rebelado contra el poder del rey Rodrigo, dando comienzo así la conquista musulmana del Reino Visigodo de Toledo.
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Escrito por: Jorge Pisa Sánchez

Apuntes apresurados sobre el 15 M.


La vida avanza tan deprisa que como subido en una noria nunca sé si lo que gira es la realidad o uno mismo. Perdónenme, por tanto, si en estos pueriles apuntes hay muchas más dudas que afirmaciones y mucha más ilusión que realidad. Permítanme que me muestre desconcertado, abrumado por la rapidez con la que fluye la información y emocionado por lo visto. Los tiempos no están cambiando: ya han cambiado y recién ahora me doy cuenta. Hace años los estibadores del puerto de Barcelona hacían huelgas infinitas para alimentar a sus familias, mientras que ahora, sus hijos universitarios reciben en sus móviles consignas políticas inmediatas: ¡Democracia real ya!, ¡Toma la plaza! Primera sorpresa para un incrédulo: la validez de las redes sociales y su posible función cohesionadora.

La gente toma la calle, ocupa las plazas, se vitorean eslóganes cargados de ilusión y uno se ve tomando la calle, ocupando una plaza y gritando como el que más. Son muchas las cosas positivas que han acontecido en estos días; In extremis, una generación al borde del estigma, con el récord intergeneracional en hedonismo, sale a la calle a cambiar todo aquello que no le gusta, incluida su propia pasividad.

Estos días de primavera, hemos vivido en la calle y hemos aprendido y conocido a nuestros vecinos.  Nos reconocemos, nos identificamos como miembros de un grupo, de algo nuevo. Qué ilusión nos hace, a esta generación sin hitos comunes, formar parte de un colectivo. Qué contentos estamos al ver que nuestras quejas de café no estaban solas, que había mucha gente como nosotros. No obstante, al calor de los cambios, no debemos caer en la actitud altiva de pensar que nuestra verdad es superior a la de nadie, que nuestras reivindicaciones son más válidas y trascendentales que las de los que no nos apoyan. Estamos indignados, pero que este hartazgo no nos nuble la vista y nos impida ver el resultado de las últimas elecciones. No podemos olvidar que podemos tener la sensación de que los políticos no nos representan, pero es solo una sensación o una expectativa, porque lo cierto es que sí nos representan.

Estos días, hemos visto de cerca las virtudes y defectos del sistema asambleario, al igual que hemos comprobado que la violencia empaña un día perfecto.

Los debates callejeros han servido para comprobar que es muy fácil despreciar las ideas ajenas y cuán difícil es construir una afirmación colectiva; ¡qué fácil es criticar y qué difícil es hacer una caseta para un perro!

Hemos visto de cerca que el consenso es algo a lo que se llega tras muchas horas de esfuerzo común y que, una vez que llega, es un fruto dulce para todos. Nos ha explotado en las manos el juego sucio de los grandes medios de comunicación, que por ignorancia o maldad han desdibujado las características del movimiento y han exigido a la masa propuestas claras y soluciones milagrosas a problemas estructurales que requieren de la templanza de la discusión serena.

El 15M ha resultado ser un espejo vallinclanesco en el que nos hemos reflejado todos. Algunos, al ver su imagen esperpéntica, han decido optar por apartar la mirada y, a modo de voyeur, mirar el reflejo de los otros y con cainita actitud buscar infinitos errores de los que construyen algo nuevo. Otros, hemos visto una sociedad que no nos gusta, en la que han salido a flote, como maderos tras un naufragio, todas las carencias de un sistema imperfecto y cruel que tenemos que cambiar. Esta metamorfosis podrá venir de la mano de una actitud ciudadana intachable y de nuestra incómoda y persistente reflexión democrática.
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Escrito por: Sebastián Bettosini Déniz

El Sueño de la Literatura??

Hace unos días, durante una de esas tardes en la que te reúnes con tus amigos con el objetivo de hablar sobre cualquier tema, comenzamos a discutir sobre el papel de la literatura y de los libros en un mundo visual como el que vivimos hoy en día, donde el cine, el deporte, las nuevas tecnologías de la comunicación, y, sobretodo, la televisión, están consiguiendo captar, en gran medida, la atención y la adoración de gran parte de la población, sobretodo, la más joven.

Después de un buen rato lamentándonos de lo que se lee y de las obras que se leen hoy en día, alguno de nosotros comenzó a descubrir la importancia, que incluso algo como una novela o cualquier tipo de libro, puede tener en la vida visual de hoy en día. Solo hace falta pensar en la gran cantidad de grandes películas que desde hace mucho tiempo, se basan, y se han basado, en los libros, grandes y pequeños, para explicarnos, en imágenes, alguna historia. Uno de los ejemplos más recientes e importantes, en el caso del cine español, no es, ni más ni menos, que la adaptación de las aventuras del capitán Alatriste, de Arturo Pérez-Reverte (si no me equivoco, la película con mayor presupuesto en la historia del cine español). Así, gracias al texto literario, hemos podido sumergirnos, en el patio de butacas, en la España de los Austrias del siglo XVII y vivir, con nuestro héroe, los días de decadencia del poder de la Monarquía Española en el mundo.

No sólo eso, sino que, desde que éramos niños, hemos podido vivir en los tiempos de la Guerra de Secesión Americana, acompañando a Escarlata Ohara y su familia, a través de los duros tiempos en los que su autora, Margaret Mitchell, los situó; pudimos horrorizarnos con los mundos compuestos por autores como Edgar Allan Poe o H. P. Lovecraft, convertidos, una y otra vez, en escenarios cinematográficos; hemos vivido grandes aventuras viajando en el tiempo con la maquina ideada por H. G. Wells; hemos reflexionado sobre el futuro con las adaptaciones de las obras de Julio Verne; nos hemos muerto de miedo con varias de las películas y series basadas en los libros de Stephen King como Misery, It o Christine; hemos retrocedido en el tiempo a un mundo antediluviano con la adaptación del libro de Michael Crichton Parque Jurásico; hemos desarticulado grandes tramas con las películas basadas en las obras de John Grisham como La Firma; hemos retrocedido en el tiempo a la época del dominio romano de la mano de Charlton Heston en Ben-Hur, al mundo medieval con Ivanhoe y al mundo moderno con la versión fílmica de Los Tres Mosqueteros de Alejandro Dumas. Por no hablar de las películas de ciencia ficción que se basan en grandes novelas del genero: dos de mis preferidas, si me permiten que se lo diga, son Mensajero del futuro de David Brin y Contacto del gran Carl Sagan (siempre hay gustos para todo). Por no olvidar el reciente gran éxito de la película basada en la novela El Código Davinci.

Después de recordar parte de lo que el cine, la televisión y también, en gran medida, Internet (no hace falta más que ver la gran cantidad de páginas web dedicadas a la literatura y también a diversos autores) deben a la literatura, no tuvimos otra alternativa más que confirmar que, sea como fuere, aunque tengamos que leer en el futuro sin páginas de papel en un libro-pantalla o en un ordenador, la literatura y la satisfacción que se puede obtener a través de su lectura, nunca dejarán de acompañarnos. Solo hace falta saber en que formato nos llegará toda su magia. Por mi parte, si me permiten de nuevo, dudo que ninguna presentación de un texto que nos depare el futuro, y creo que nos sorprenderán varias, nunca podrá imponerse a la belleza y a las sensaciones de un libro escrito con sus entrañas de papel y sus letras impresas en tinta negra, no lo creen así??
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Escrito por: Jorge Pisa Sánchez

Relato: El faro.


Desde siempre la vida en aquel lugar había sido dura y poco agradecida. Era un pueblo costero en el que habitaba una comunidad de pescadores que vivía del mar que tenía tan cerca. Aunque el océano les proporcionaba todos los recursos que necesitaban para vivir, les exigía, al mismo tiempo, un gran esfuerzo y una dura entrega, ya que la costa en la que se hallaban era muy abrupta y el mar fiero y mortal en más de una ocasión. Los grandes y rocosos acantilados daban forma a gran parte del litoral, y las mareas y, sobretodo, las fuertes corrientes y vientos que dominaban en la zona, hacían que aventurarse en el mar fuera, normalmente, una actividad muy peligrosa. Los grandes navíos que se veían obligados a navegar cerca de Morelia intentaban pasar lo más lejos posible del lugar, ya que este era conocido desde antiguo, por los mortales naufragios que delimitaban su historia.

Alejo había vivido siempre en Morelia, como la mayoría, sino todos, de sus habitantes. Sus padres habían muerto siendo él muy joven, lo que había hecho que fuera una persona de muy pocas palabras, tranquilo, observador y más bien solitario. La mayoría de las veces se le veía solo y siempre que podía abandonaba el pueblo por el sendero que se internaba en el bosque y conducía a uno de los promontorios que se alzaba sólido e inexpugnable sobre el furioso mar. Normalmente se sentaba en una de las frías rocas que afloraba en el suelo, y se pasaba interminables horas observando el horizonte.

Sus vecinos se sorprendían de la asiduidad de sus paseos y se preguntaban qué motivo le hacía ir hasta allí tan a menudo. Como Alejo no compartía las costumbres de sus compañeros de edad, sino que las rehuía siempre que podía, la gente hablaba de él más bien como de alguien extraño o enfermo, de alguien realmente raro e incluso molesto.

Fueron muchos los días, meses y años que invirtió Alejo en sus solitarias visitas a las rocas, y mientras que a los demás les parecía que no hacía nada más que perder el tiempo y que su mente, de alguna forma extraña, se desocupaba o incluso llegaba a algún tipo de éxtasis estático, Alejo no dejaba de pensar en el motivo que lo dirigía desde siempre ahí.

Un día a todo el pueblo le sorprendió la inesperada actividad que desplegó Alejo desde primera hora de la mañana. Ayudado por un carro comenzó a llevar material de trabajo al promontorio. Le costó varios viajes tener todo lo que creía necesario allá arriba. Cuando tuvo lo que necesitaba comenzó a trabajar con gran esfuerzo.

Sus conciudadanos estaban asombrados e incluso atemorizados algunos. Alejo iniciaba sus misteriosas actividades después de pescar y dedicaba también el domingo de descanso al trabajo. El pueblo debatía qué rayos estaba pasando allá arriba y cuál era el motivo que guiaba a Alejo. Algunos decían que estaba construyéndose un nuevo hogar en aquel lugar que tanto le gustaba; otros decían que había encontrado algo muy valioso y que estaba intentando apoderarse de él. Los que más decían que simplemente estaba enfermo, loco o incluso poseído por algún espíritu maligno, aunque nadie había intentado aún hablar con él.

Algunos meses más tarde, las gentes de Morelia decidieron enviar a alguien para que le preguntara a Alejo que estaba haciendo. Se decidieron por Lavinia, una chica de su edad que tenía algo parecido a una amistad desde niña con él. Lavinia emprendió el camino por el sendero que pronto le llevó al misterioso promontorio donde encontró a Alejo ocupado en su reservado trabajo.
Hola Alejo –le saludó.
Hola Lavinia –respondió sorprendido Alejo –¿Qué haces por aquí?
–He venido dando un largo paseo por el camino y he pensado en saludarte.
Alejo permaneció callado y sorprendido, sin saber que más decir.
–¿Qué es lo que estás haciendo? –le preguntó.
Alejo, que no acostumbraba a mantener conversaciones largas, casi no sabía que hacer o que responder – uhm … pues … uhm … creo que estoy construyendo algo.
–¿Algo como qué? –preguntó Lavinia. –¿es una casa?
–No, no, … no es una casa, es un faro.
Lavinia quedó totalmente sorprendida. –¿Un faro?
–Si, estoy construyendo un faro –Y dicho esto Alejo volvió al trabajo.

Lavinia permaneció varios minutos sin moverse mirando a Alejo, observando su recién descubierto secreto. Aún sorprendida dio media vuelta y volvió al pueblo. Allí la gente también se sorprendió cuando oyeron sus palabras. Alejo estaba construyendo un faro él solo.

Desde aquel día la curiosidad fue creciendo en Morelia. Los vecinos del pueblo casi no lo podían creer. Y el asombro iba aumentando día a día. Para muchos la construcción de Alejo no era más que otra prueba de su locura, o como mínimo de su estupidez. ¿Cómo estaba construyendo el faro y para qué? Poco a poco los vecinos del pueblo fueron subiendo al lugar para observar detenidamente el trabajo de su nuevo arquitecto y poco a poco el faro fue creciendo en altura.

Un día el mismo alcalde subió para poder hablar con Alejo. Cuando llegó cerca del faro saludó.
–Hola Alejo, buena tarde para trabajar, ¿eh?.
–Buenas tardes alcalde. –respondió Alejo.
–Mira, vengo a hablar contigo sobre tu faro, que parece que está llamando la atención de todos.
Alejo no supo que contestar.
–¿Me podrías explicar cuál es el motivo de todo esto y cuál es tu objetivo? –Preguntó el magistrado.
–Si alcalde –y Alejo se esforzó por responder a la pregunta –claro que sí. Como ya sabe durante mucho tiempo estuve subiendo aquí casi cada día, siempre que podía, y me quedaba solo pensando, ya que acostumbro a pensar mejor cuando estoy solo. Y pensaba en el mar que nos rodea. De cómo este lugar es tan peligroso y de cómo desde siempre nos ha amenazado aunque vivamos de los recursos que nos proporciona. Muchos barcos se han perdido en estas aguas (ya sabe que mis padres murieron en el mar) y nunca se ha hecho nada para protegernos. Entonces pensé que construir un faro nos ayudaría a nosotros mismos a luchar contra el mar y a otros barcos lejanos para que no se hundieran en estas costas tan peligrosas…
–Me sorprendes, Alejo, me sorprendes – dijo el alcalde – es curioso que seas tú quien diga y haga todo esto. Mira, desde siempre el mar ha sido así, nos da trabajo y comida, pero nos exige algo a cambio. Nos exige estar siempre pendiente de él. Aquel que se arriesga a navegar arriesga su vida cada día. Y Dios ha querido que aquí siempre fuera así, y no podemos hacer nada contra ello, ya que el mundo es así y siempre será así. Además, tú solo, sin ayuda de nadie, no podrás acabar nunca tu faro.
–No lo sé, alcalde –respondió Alejo– pero quiero construirlo, y poder ayudar así a la gente. Además, siempre he creído que el mundo es tal y como lo hacemos nosotros –y dicho esto Alejo volvió de nuevo al trabajo.

A medida que pasaba el tiempo los convecinos iban subiendo cada vez más al lugar donde se construía el faro. La mayoría solo subía para ver la nueva construcción y para reírse del trabajo de Alejo. Pero unos pocos comenzaron a ayudarle de tanto en tanto, aunque no entendiesen muy bien la obra de Alejo. De estos alguno le preguntó por qué se esforzaba en construir su faro con el mejor material que podía conseguir, normalmente piedra y cal como mortero, y porqué no utilizaba algún material menos sólido, ya que de esta forma el faro se construiría más rápidamente. Alejo les respondía que un faro era algo para siempre y que por eso tenía que construirse con el mejor material que pudiera, aunque esto significara avanzar más lentamente e invertir todo lo que poseía en la empresa. Otros le indicaban que el faro que construía no era un edificio bonito, y que sus formas eran más bien toscas y deslucidas. Alejo respondía a estos que él no era arquitecto, era un simple pescador, y que no construía un faro hermoso sino un buen faro.

Poco a poco la obra de Alejo se fue construyendo. Después de muchos años de esfuerzo y una dedicación plena llegó el día, en este caso la noche, en la cual Alejo alumbró desde su faro por primera vez el orgulloso y embravecido mar al que se enfrentaría a partir de ahora.

Aunque habían pasado diversos meses desde que el faro se había puesto en marcha y desde entonces no había habido ningún accidente mortal, alguno de los vecinos de Morelia comenzó a quejarse de la molesta luz que irradiaba el faro por las noches; alguno dijo, incluso, que aquella luz no le permitía dormir. Aún así Alejo no cesó en su empeño y cada noche, al ocultarse el sol por las montañas, ponía en funcionamiento su faro para guiar y proteger a todas las embarcaciones cercanas.


Pasados algunos años en los cuales el mar había respetado las vidas de los pescadores de Morelia, la naturaleza se rebeló en contra de su cautividad y atacó al pueblo de pescadores con una tormenta tan terrorífica que ningún viejo del lugar recordó algo similar. La tempestad duró toda una semana, en la cual la lluvia cayó sin descanso día y noche, y el viento sopló huracanado desde el amanecer hasta el atardecer. Ningún vecino pudo abandonar siquiera su casa sino era porque la mayoría de ellas no resistían la ira del viento y de la lluvia. Al octavo día ninguna de las viviendas del pueblo había resistido, tan solo su antigua iglesia, que dio cobijo a los afortunados que habían podido alojarse en ella. Cuando la tormenta pasó y la gente pudo volver a salir de los sótanos de sus casas y de sus zulos improvisados, observaron el gran destrozo que la lluvia y el viento habían infligido a Morelia. La imagen era desoladora. Pronto sus diezmados habitantes comenzaron a reunirse en la plaza y a contar sus bajas. Lavinia recordó que Alejo vivía en el faro, y todos fueron en busca de él para poder ayudarlo si es que aún podían. Tomaron el sendero del bosque esperando encontrar la construcción de Alejo destruida también. Pero la sorpresa los apresó a todos al ver que el faro aún estaba en pie, con algunas heridas en su estructura, pero en pie. Parecía que Alejo había corrido mejor suerte que sus convecinos.

Al llamar a la puerta Alejo tardó en responder, pero al fin la abrió viendo los aterrorizados semblantes de sus vecinos. El faro no solo había sobrevivido al terrible embate de la naturaleza sino que había seguido realizando su tarea de guía a los desafortunados barcos que habían tenido que navegar por la zona durante los días de tormenta. El gigantesco esfuerzo que Alejo había llevado a cabo durante tantos años había demostrado su validez. Aunque todos, al menos la mayoría, de sus vecinos se habían mofado en algún momento de él y de su idea, el faro le había salvado la vida y la de todos aquellos que se habían fijado en él, desde el mar, desde luego.

Fue entonces cuando Alejo se dirigió al alcalde, uno de los supervivientes de la catástrofe que se había refugiado de los primeros en la Iglesia, y al llegar delante de él le dijo: “El mundo no es nada más y nada menos que lo que nosotros hacemos de él”.
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Escrito por: Jorge Pisa Sánchez

Publicado originalmente en Magazine Diario Siglo XXI.

¿Crónica de una muerte anunciada?

Siempre que pensamos en un libro dirigimos nuestro pensamiento al aspecto físico y cultural del mismo, a su forma, a las historias y conocimientos que atesora, a los miles de palabras impresas en tinta oscura que contiene. En el caso que conozcamos al autor recordamos su aspecto, otros libros que haya escrito, si nos cae bien o no nos es simpático…
En general pensamos en la vida útil de un libro, en el momento en que existe y está en relación e interacciona con nosotros. Pero nunca nos paramos a pensar en el final de un libro, en su muerte, físicamente hablando, ni tampoco en su nacimiento. ¿Qué pasa con un libro, por ejemplo, cuando no se vende, cuando todo el esfuerzo realizado por el autor al escribirlo muere antes de llegar a su destino deseable, al lector? ¿Qué pasa cuando un libro fracasa en la venta?
En la actualidad se habla mucho de la sobre-publicación de las editoriales. Si no recuerdo mal leí en algún lugar que el año pasado se publicaron unos 68.000 libros diferentes en España, cada uno de ellos con una tirada propia de ejemplares. Hay que pensar que muchos de estos libros tienen una vida comercial y educativa normal. Pero también entre ellos debe de haber otros con una “experiencia vital” más accidentada ya que muchos de sus ejemplares no se llegarán a vender nunca y entonces … ¿qué pasa entonces?
Hemos de pensar, primero, que las librerías no pagan al contado los libros a las editoriales, sino que adquieren en depósito una cantidad de ejemplares de los cuales solo pagan por los que venden. Podríamos pensar que este es un sistema lógico, ya que de esta forma las librerías solo pagan por lo que les ha generado, a su vez, beneficio.
Pero claro, todas las librerías tienen un espacio de venta limitado (si, todas, incluso las más grandes!!) y con la avalancha de novedades, (recordemos, unas 68.000 al año) es normal que dediquen más lugar y más recursos a los libros que venden, y menos “cariño” a los que no. Al final de este proceso, como es obvio, los libros que no se han vendido acaban ocupando demasiado espacio, necesario, seguramente, para la próxima novedad o para el libro que si que vende. ¿Qué pasa entonces?
Como es normal, la librería devuelve los ejemplares no vendidos a la editorial. Se podría decir, que se deshace del muerto y se lo pasa a otro. La editorial almacenará los ejemplares durante un tiempo aunque para ella el espacio también es importante. Los libros estarán tres, cuatro o cinco años en el almacén, y se irán vendiendo poco a poco, pero como es lógico la editorial necesita espacio para almacenar libros más recientes que, culpables también, no se han vendido como se esperaba.
Los ejemplares condenados aún pueden salvarse, pueden ser indultados, ser reetiquetados, y pueden pasar a los canales de distribución y venta económicos, como saldos o a precio rebajado, como es el caso de muchos que llegan a las librerías del tipo Happy Books. Esa es la última posibilidad de salvación (que no todos tienen claro!!).
Si no es así, y los libros no tienen la suerte de ser escogidos y comprados por un lector compasivo, son finalmente condenados, y enviados a la GUILLOTINA. Solo esta visión puede llegar a ser dantesca.
¿Cómo y por qué se puede llegar a destruir un libro con todo el conocimiento que posee? ¿Cómo se puede desintegrar algo que posee cultura, que es cultura en sí mismo?
Me imagino ya la cinta de transporte que, irremisiblemente, conduce a millares de libros hacia la hoja afilada de la guillotina que impasiblemente convertirá todas sus hojas en tiras de papel escrito sin sentido que más tarde formarán parte de una bala enorme de papel incomprensible. ¿Hay algo que se pueda considerar peor para un libro? ¿Es este el infierno de los libros que se han portado mal, perdón, que se han vendido mal?
¿No existe ninguna fórmula para que esos libros que no se venden puedan pasar a algún circuito de ayuda humanitaria, de ayuda a las clases más pobres en cada país? No podemos olvidar que un libro es cultura y educación para el futuro. ¿No hay ninguna forma de proteger a esos libros de la barbarie final? A mí, personalmente, se me hace muy difícil pensar en la destrucción de los libros, de permitir que la Inquisición de nuestros días, que no es más que la económica, pueda decidir que libros deben existir y cuales han de desaparecer.
Hace años vi como se vendían libros a peso, e incluso me han informado de que se venden también libros por metros, con un carácter meramente decorativo. Y pensé entonces que era de las peores cosas que le podía pasar a un libro. Pero he de confirmar que esto es peor.
Queda así patente que las leyes del Capitalismo y del Consumismo han invadido totalmente el campo de la creación y de la cultura. No hay nada, cosa totalmente evidente, que se escape a sus pestilentes tentáculos. El libro es considerado en nuestra sociedad superior como un bien de consumo, de ocio, por tanto si funciona perfecto y si no, es cuestión de quitárselo de encima. El Consumismo no ha respetado ni a la cultura, pero bueno, esto ya era algo de esperar, ya que tampoco respeta a las personas.
Parece que las leyes que afectan a la publicación editorial tampoco ayudan demasiado a salvar esta situación. En España cuando se pone precio a un libro se ha de vender obligatoriamente a ese precio, y solo se le puede aplicar un descuento de hasta el 5%, que es el que ofrecen las grandes superficies y grandes librerías. Este hecho, como es obvio, no permite el libre juego de la oferta y la demanda, fenómeno que podría abaratar el precio de los libros que a su vez seguramente permitiría que se vendieran más ejemplares (y se destruyeran menos).
Por otra parte, en algunos países el almacenaje de libros comporta una carga tributaria para la editorial, elemento que incentiva aún más a éstas a deshacerse de los ejemplares con menos capacidad de venta.
Dicen que el número de libros editados en un país es un índice de su desarrollo cultural, pero ¿alguien se ha detenido a contabilizar también el numero de libros que destruimos, o lo que es lo mismo, el número real de libros que se venden? Posiblemente el número de libros que se editan en un país solo nos informe de la cantidad de intelectuales y de escritores que pueden publicar su obra. Es así muy fácil generalizar y simplificarlo todo para conseguir los datos que buscamos.
Por último, ¿alguien se ha parado a pensar en los árboles que se talan indiscriminadamente para conseguir las hojas blancas de papel en las que se imprimen los textos de los libros? ¿Se podría contabilizar que porcentaje de árboles talados se “guillotinan” más tarde por falta de venta?
Quien sabe si en el futuro algunos de estos problemas se podrán solucionar gracias a la  informática y la utilización de soportes para la e-lectura, evitando publicar, así, todos los libros en papel, aunque seguramente si este proceso fuese gratuito como lo es en la actualidad (a través de internet!!), las editoriales lo criticarán, justamente además, ya que sus ingresos se verán afectados por ello..
Para variar parece que la cultura y los libros también pueden entrar en contradicción y perjudicar al mundo en que vivimos y que el sistema comercial que existe hoy en día, no es, ni mucho menos, el mejor posible.
Como mínimo me alegra saber que los hombres no son los únicos que contaminan y destruyen el medio ambiente, sino que los egoístas y perjudiciales libros, y algunos sin motivo alguno, también son culpables de la continua devastación del planeta.

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Escrito por Jorge Pisa Sánchez.

Publicado originalmente en Magazine Diario Siglo XXI.

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